Pertenezco a una generación de chilenos/as que, siendo aún veinteañeros/as, vivió páginas dramáticas de nuestra historia nacional. Llegué a la sociología en búsqueda precisamente de una mayor inteligibilidad de lo que nos había correspondido experimentar, tras comprender de manera aún muy básica que la dinámica y los giros de la política no se explican desde la política misma.img_2145-3

En ese sentido, mi curiosidad se dirigió tempranamente a los universos subjetivos, más exactamente intersubjetivos, que dan sustento al pensar, al actuar y al juzgar social. Emergían así para mí con una fuerza considerable, y desde las profundidades abismales de los seres humanos, las creencias de distinta naturaleza –no solamente religiosas- y los esquemas de valores que se asocian a aquéllas, la propiedad de esas “verdades inverificables” en manos de individuos y grupos, así como también el peso de los rumores, la a menudo difusa arquitectura de la confianza y de la desconfianza, la importancia a veces mal estimada de la memoria social, el peso incalculable de las emociones, de los estados anímicos, etc., etc.


tesis-de-doctorado-1990En mis años de estudiante de Sociología debo a la lectura de los textos luminosos de Max Weber la comprensión de la acción social inspirada, subjetivamente dotada de sentido, independientemente de sus efectos. De manera entonces que, en otras palabras, no se podía llegar a la comprensión de los fenómenos sociales sin llevar a cabo el análisis de todo un conjunto de componentes que inspiraban el sentido otorgado a la acción social.

Fue el abordaje sociológico del campo de las religiones, más exactamente aquél de la cultura religiosa popular urbana en Chile, con sus creencias y prácticas, aquello que me permitió visualizar la complejidad de los fenómenos sociales en sentido amplio. Nada de cuanto acontece en la vida social nos ofrece la posibilidad de lograr una objetivación rápida, un motivo suficiente para decir que todo requiere del ejercicio de una sociología profunda.

El descubrimiento luminoso de la obra del filósofo griego Cornelius Castoriadis a comienzos de los años ’80 me brindó el giro más decisivo en mi trayectoria intelectual, al aprender a situar el análisis sociológico profundo en la base psíquica misma de nuestro pensar, decir, actuar y juzgar. Si Weber nos había puesto en el umbral del sentido subjetivo atribuido a la acción social, la teoría de los imaginarios sociales nos permitía comprender la génesis y también la química del sentido. Mi interés simultáneo por la fenomenología, de Husserl a Schütz, no hizo más que reforzar esta perspectiva analítica.